Las mejoras económicas y sociales conseguidas por China en las últimas décadas no deben ocultar la degradación a la que se ven sometidos sus habitantes como consecuencia de la pervivencia del totalitarismo comunista. Los perversos fundamentos ideológicos de este sistema, que en China aún pervive, se ensañan cotidianamente con la dignidad que merece cualquier chino por su magna condición de ser humano. Las decisiones más importantes que emanan de los gobernantes chinos se estrellan de continuo con la realidad de la vida, con el modo en el que las cosas son por naturaleza, por negarse una y otra vez a aceptar que sus compatriotas no precisan de nadie que reconozca su dignidad y la libertad que esta conlleva, pues les son inherentes por haber nacido.
El reto de medir el poder y el desarrollo
Uno de los desafíos y responsabilidades que se presentan a quienes, como yo, trabajamos en el variado campo de la educación es llegar a ser un buen formador. Ello conlleva, entre otras obligaciones, tratar – y en lo posible lograr – que los estudiantes adquieran los conocimientos necesarios para desempeñar en el futuro una fructífera labor profesional. Si conseguirlo exige al alumno entender determinadas nociones, para alcanzar este objetivo resulta de gran utilidad al profesor recurrir a ejemplos que ilustren lo que pretende enseñar.
Cuando a los alumnos de Geografía e Historia de Educación Secundaria Obligatoria y de Geografía de España de Bachillerato explico los conceptos producto interior bruto (PIB) y renta per cápita, suelo comenzar diciéndoles que entendemos por PIB el valor monetario de los bienes y servicios finales producidos por una economía nacional en un período determinado, y que llamamos renta per cápita a la relación entre el PIB de un país y sus habitantes.
Tras la perorata no resulta extraño que los más pequeños y – con más frecuencia de la que desearía – muchos de los mayores reflejen su incomprensión con divertidas caras de asombro. "¿Qué estará diciendo este?", se preguntarán. Probablemente, a sus edades y ante conceptos tan abstractos mi reacción debió de haber sido similar. Desde hace años, para salvar tales obstáculos y hacer entender esas definiciones utilizo un símil que puede chirriar a expertos y a puristas pero que, en general, me ha dado buenos resultados.
En concreto, propongo a los alumnos que comparen el PIB con una tarta y la renta per cápita con el trozo que tocaría de ese pastel repartiéndolo a partes iguales entre los comensales presentes. Si un estado quiere ser influyente e importante en el mundo, añado a quienes me escuchan, uno de los modos más eficaces de conseguirlo es aumentar el tamaño de su tarta y teóricamente, por tanto, agrandar el trozo de la misma que corresponde a cada habitante. Trasladando el ejemplo al ámbito macroeconómico puede afirmarse que el cálculo del PIB no solo sirve para conocer la mayor o menor importancia de una economía sino que constituye, como sabemos, un buen instrumento para comparar la situación económica de un país a lo largo de los años, así como para cotejar las economías de los distintos estados. La renta per cápita, por su parte, sigue siendo el indicador más utilizado para medir el grado de riqueza o pobreza de un país.
Sin embargo, para evitar malentendidos, es preciso decir a los alumnos que el PIB no es el único parámetro para determinar el poder y la influencia de una nación, y que el bienestar de sus habitantes tampoco depende exclusivamente de la renta per cápita correspondiente (entre otras cosas porque, en la vida real, unas veces por razones justas y otras injustas, los trozos de tarta no son iguales para todos).
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