DEMOCRACIA  PARTICIPATIVA
Promoting democratic participation and human rights
En favor de la democracia participativa y del respeto a los derechos humanos

 

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~PROYECTO VARELA
~Renovación Humanista desde el Centro
~Una definición de democracia participativa

 

LA TRANSFERENCIA DEL PODER: OPCIONES PARA CUBA (I)

Gerardo E. Martínez-Solanas, 
PDC de Cuba - Secretario de Comunicaciones


Es preciso estudiar los modelos de cambio que nos brinda la historia reciente para que el pueblo cubano se prepare debidamente para enfrentar el momento del cambio inevitable en cualquiera de sus manifestaciones y sacarle provecho a las circunstancias resultantes del traspaso de poder. La "solución biológica" en la transferencia del poder en Cuba es probablemente el principal obstáculo para que el proceso de apertura hacia la democracia y un estado de derecho salga del inmovilismo que tan indefinida solución provoca.

La "solución biológica" nos permite identificar tres modelos de cambio: 

1) el modelo sino-soviético, que corresponde a la muerte de dos fundadores de dos sistemas comunistas totalitarios, es decir, Stalin y Mao-Zedong; 

2) el modelo argelino, por el cual una junta político militar ocupa el poder tras la muerte del dictador mediante un proceso incruento de sucesión controlado por el ejército; y, 

3) el modelo norcoreano, donde ese proceso de sucesión tiene características dinásticas, es decir, pasa de un miembro de la familia a otro. 

Ninguno de esos modelos es una solución verdadera para Cuba, puesto que embocaría al país a un prolongado período de transición dictatorial que no garantizaría de antemano las mejoras indispensables a las que todo pueblo aspira. Por ende, la consecuencia de depender de la "solución biológica" sería condenar al país a un nuevo período de desgobierno autoritario o dictatorial.

Otros que también hacen depender la solución del problema cubano de la desaparición física de Fidel Castro, ocupan polos opuestos en otros dos modelos poco probables: 

4) el modelo nazi, que depende de la intervención militar extranjera para derrocar al líder totalitario y de la ulterior generosidad de los invasores para reconstruir el país; y, 

5) el modelo español, según el cual habría una transición pacífica propiciada por las medidas previstas y las instituciones creadas por el propio dictador Franco. 

Ambas soluciones podrían ser bien recibidas por los cubanos, anticipando posibles resultados esperanzadores, si hubiera algún grado razonable de probabilidad para su aplicación. Por el contrario, confiar en ellas significa la prolongada inacción en espera de que otros nos saquen las castañas del fuego. Las realidades históricas acabarían por dejarnos a la zaga de los acontecimientos.

Estimo que debemos dar las espaldas a estos cinco modelos que nos condenan a la incertidumbre de un futuro probablemente tan nefasto o indeseable como el presente. A los tres primeros modelos porque nos conducirían a variantes de un sistema del que queremos librarnos y, a los dos últimos, porque nos atan de manos a la espera de soluciones improbables hasta que sea demasiado tarde para participar en el cambio con algún grado de influencia y eficacia.

Es un hecho que Castro y sus más allegados de la cúpula del poder no muestran ninguna disposición negociadora para compartir el poder ni, mucho menos, para concertar una transición democratizadora. Por lo tanto, no tenemos más alternativa que la de enfocar nuestros esfuerzos hacia la transferencia forzosa. Esta alternativa contempla también varios modelos y, aunque la transferencia sea forzosa, algunas opciones de traspaso de poder no son violentas. Tenemos los siguientes modelos: 

6) chileno [Pinochet]; 

7) polaco [Jaruzelski]; 

8) rumano [Ceausescu]; 

9) tunecino [Borguiba]; 

10) italiano [Mussolini]; y, 

11) haitiano [Duvalier, hijo]. 

De estos seis últimos modelos, el inmovilismo en el que se encuentran sumidos quienes esperan la solución por medio de alguno de los primeros cinco modelos examinados, podría desembocar también en uno de los dos últimos modelos enumerados. Se trata de hechos que sucederían mientras que nos encontramos al margen de los acontecimientos.

De estos dos, el décimo modelo [italiano] es el más improbable, porque consiste en que la debilidad causada al régimen por una intervención extranjera provoque la destitución del líder totalitario, dentro del marco constitucional de su propio régimen, por parte de esas mismas instituciones que hasta ese momento sólo tenían un poder nominal. Es una situación parecida a la del modelo nazi, pero con la particularidad favorable de que los acontecimientos no serían iniciativa del poder extranjero sino de las propias fuerzas vivas nacionales. Aunque este modelo es improbable, una variante cubana más plausible sería la que se produjese, no por la intervención militar extranjera, sino por la extrema debilidad que provocara en el régimen una prolongada crisis o un grave desastre natural. En ese caso, es concebible que la Asamblea Nacional emplease su poder constitucional, que la habilita para destituir al Presidente del Consejo de Estado, y que contara con la anuencia de las fuerzas armadas para hacer valer su decisión.

El undécimo modelo [haitiano], sin embargo, es bastante probable. No es más que el caos provocado por una interminable crisis y sucesión de errores que desemboque en un estado frenético de desesperación entre la población: es el estallido desorganizado y sin metas definidas. Aparte del baño de sangre que representaría y de los abusos y crueldades que propiciaría, difícilmente desembocaría en un régimen de respeto a los derechos humanos y al imperio de la justicia.

Quedan así cuatro opciones probables que son más prometedoras: 

6) el modelo chileno, que es una especie de variante del modelo español porque se hace dentro de las iniciativas del propio dictador, pero que se distancia del otro porque se produce en la vida del líder y, también, por cuanto implica la instauración de un régimen democrático como parte del proceso de transición; 

7) el modelo polaco, que se parece más al modelo chileno que al español, pero no depende tanto de las iniciativas del dictador sino de la situación forzosa en la que lo coloca el fuerte resurgimiento de la sociedad civil y sus demandas; 

8) el modelo rumano, que aparenta seguir los pasos del modelo polaco, pero no es totalmente autóctono sino que responde a influencias foráneas y cuenta también con el elemento caótico del modelo haitiano que lo hace desembocar en una situación de violencia, por la que se derroca al dictador pero de la que se aprovechan los testaferros del régimen gracias a la debilidad simultánea de una sociedad civil que no había podido reafirmarse aún; y, 

9) el modelo tunecino de golpe de Estado, cuya probabilidad aumenta a medida que se deteriore la capacidad física y mental del líder y cuyas consecuencias y resultados dependerían del capricho del nuevo líder que lo organizara.

Conviene aclarar que no estamos tratando aquí de la transición en sí, cuyas opciones han sido objeto últimamente de excelentes estudios y seminarios, sino de los posibles escenarios que provocarían un proceso de transición ulterior. Por lo tanto, no se trata de discernir qué tipo de transición preferimos sino de prepararnos debidamente, no sólo para enfrentar los acontecimientos que ocasionarían cualquiera de los posibles modelos de cambio, sino para trabajar coherentemente en la promoción de uno o varios de estos modelos de transferencia del poder que brinden mayores oportunidades a nuestra estrategia de transición preferida.

Puede observarse que Cuba avanza en estos momentos hacia cualquiera de estos cuatro modelos: 1) sino-soviético; 2) argelino; 9) tunecino; y, en el peor de los casos, 8) rumano. El modelo norcoreano de simple sucesión dinástica con absoluto control por parte del heredero, no parece probable. En ninguno de esos cuatro modelos podemos prever el curso que tomaría el proceso de transición posterior, quizás alejándose de la meta democrática bajo una nueva dictadura. Luego no son deseables, aunque sí muy probables.

Quedan otros dos modelos que son altamente deseables, pero mucho menos probables. Desde la caída del muro de Berlín se han empeñado esfuerzos serios en pro de la concertación con las altas esferas del gobierno para lograr un traspaso de poder semejante al modelo chileno. No obstante, la intransigencia del líder y de su camarilla no permite una apertura hacia ese traspaso de poder. Nos queda la opción 7, la polaca, que busca una meta muy parecida de cambio pero que sigue una senda de oposición dinámica y fortalecimiento de la sociedad civil, hasta el punto de lograr un arreglo forzoso desde una posición de poder creciente y popular. Al esforzarnos por esta senda, los acontecimientos pueden precipitarse y la situación salirse del control de las fuerzas democratizadoras para caer en un modelo rumano o italiano (en su versión cubana, como lo hemos descrito). También está la variante rusa del modelo polaco, donde la sociedad civil no se había fortalecido tanto y se desembocó en una democracia débil plagada por movimientos "mafiosos" como consecuencia del poder heredado por las fuerzas armadas y de seguridad.

Tanto en el caso preferente, 7) modelo polaco, como en las alternativas menos deseables, 8) modelo rumano y 10) modelo italiano, la estrategia consiste en promover el fortalecimiento de la sociedad civil y en darle a la Asamblea Nacional una función determinante en el traspaso de poder. En esas circunstancias, el proceso de transición puede preverse por la senda de la democratización. Por otra parte, es evidente que Castro no es un Jaruzelsky ni un Gorbachev y que tanto el modelo polaco como su variante rusa tendrían un elemento de resistencia mayor por parte del poder centralizado. La alternativa sería una variante cubana que se promoviera como una combinación del modelo italiano con la variante rusa (del modelo polaco). En todo caso, la identificación de todos estos modelos y sus probables escenarios y variantes son una herramienta en manos de las fuerzas democratizadoras para diseñar estrategias previas adecuadas a las circunstancias respectivas de cada uno de los modelos posibles.


LA TRANSFERENCIA DEL PODER: OPCIONES PARA CUBA (II)

Gerardo E. Martínez-Solanas, 
PDC de Cuba - Secretario Adjunto de Relaciones Internacionales

El detonador de la Transición

En el trabajo que circulé hace unos días intentaba un análisis sucinto de los diversos escenarios de la historia del siglo XX que ilustran los acontecimientos propiciatorios de un traspaso de poder en un ambiente político totalitario o dictatorial. El propósito era identificar los acontecimientos previsibles que desemboquen en Cuba en un proceso de Transición.

Sin entrar en definiciones, podemos estar de acuerdo en que los cambios que se experimentan en Cuba no son de transición sino la evolución de un régimen totalitario que se adapta a los nuevos parámetros históricos del siglo XXI con el objetivo primordial de permanecer en el poder. En otras palabras, la Transición implica cambios fundamentales que conduzcan a la nación cubana a un nuevo estado de derecho y a una transformación profunda en los ámbitos político, económico y social. La tarea que se nos encomienda es definir y planificar la senda que nos lleve por esa transformación hacia el progreso y el bienestar de los cubanos.

No obstante, para entrar en ese período de Transición se requiere un cambio fundamental, un detonador de las aspiraciones de la sociedad cubana. En "Transferencia del Poder: opciones para Cuba" (lo adjunto al final para referencia) identifiqué once escenarios posibles de cambio que resultarían en un traspaso del poder y en el inicio de la Transición. Estos modelos son:

1) Sino-soviético [Stalin/Mao Zedong]
2) Argelino [Boumediene]
3) Norcoreano [Kim Il-Sung]
4) Nazi [Hitler]
5) Español [Franco]
6) Chileno [Pinochet]
7) Polaco [Jaruzelski]
8) Rumano [Ceausescu]
9) Tunecino [Borguiba]
10) Italiano [Mussolini]
11) Haitiano [Duvalier, hijo]

Estos escenarios son ilustrativos y sirven de guía para prever situaciones que requieren una estrategia determinada, según el caso, que propicie los elementos de transformación a los que aspiramos en el período de transición. Las circunstancias cubanas son distintas a la de cualquiera de estos escenarios y, por lo tanto, tendremos que considerar todas las variantes del caso. En el análisis que podemos releer más abajo, a modo de referencia, en "Transferencia del Poder...", me ha parecido razonable identificar dos vertientes en las posibilidades conducentes al cambio inevitable que ha de producirse en Cuba:

a) la vertiente del inmovilismo de quienes esperan la solución biológica, el golpe de Estado o la intervención extranjera, que se refleja en los primeros cinco escenarios citados; y,

b) la vertiente de la acción concertada para provocar el cambio más temprano que tarde, donde la transferencia del poder sea forzosa, aunque no necesariamente violenta, y que corresponde a los escenarios 6) a 10).

El escenario haitiano (11) corresponde al caos a que conduce una situación de desesperación, que es imprevisible y, en su momento, inmanejable, el cual podría incluirse en la vertiente a).

Podemos coincidir en que la vertiente a) conduce a soluciones indeseables e impredecibles, algunas de las cuales, como en los escenarios español o nazi, son poco probables. Sin embargo, los modelos 1 (sino-soviético) y 11 (haitiano) tienen un alto grado de probabilidad. De los otros cinco escenarios correspondientes a la vertiente b), debemos concentrarnos en los modelos chileno (6), polaco (7) e italiano (10).

Si llegamos a estas conclusiones, podemos desarrollar una estrategia que se esfuerce en evitar los modelos 1) y 11), y cualquier otro de la vertiente a), para concentrar todos nuestros empeños en propiciar los elementos necesarios para la transferencia del poder según los modelos 6), 7) y 10).

Para el modelo 6) se requiere la anuencia de la cúpula del poder y, en particular, del dictador, para adentrarse en una consulta popular que propicie la transferencia del poder o que legitimice al gobernante dictatorial que acepte de ese modo la estructura democrática. Hacia este modelo apunta el Proyecto Varela. Una variante del modelo 6) lo hemos contemplado también en la Nicaragua de Ortega, quien consintió a un proceso electoral pluripartidista. En cierto modo, con sus variantes, es semejante al modelo polaco (7) donde se produce una concertación entre el gobierno y la oposición para desembocar en una situación de concordia nacional. El problema consiste en la intransigencia del dictador cubano y en la renuencia (¿o el miedo?) de la alta dirigencia cubana a entrar en ningún tipo de diálogo o negociación.


El estallido de la transformación

Todo este análisis nos conduce a apreciar una situación muy poco contemplada -y mucho menos estudiada- en el acontecer cubano, pero que podría darse con buenos resultados si nos aplicamos a destacar sus ventajas y probabilidades dentro de las circunstancias actuales. Se trata del modelo italiano (10), que consiste en la destitución del dictador totalitario. Por supuesto, tenemos que estar bien conscientes de que no es probable el elemento de guerra e intervención extranjera que fue determinante en ese momento histórico. Se trata aquí de identificar una variante cubana que sea producto del fracaso total del sistema y de la desesperación popular, pero sin caer en el caos del modelo haitiano.

El Capítulo I, Artículo 3, de la Constitución actual señala claramente que "la soberanía reside en el pueblo, del cual dimana todo el poder del Estado. Ese poder es ejercido directamente o por medio de las Asambleas del Poder Popular y demás órganos del Estado que de ellas se derivan" (el subrayado es mío). Todas las demás disposiciones de esta Constitución dimanan de este postulado de soberanía popular ejercida "por medio de las Asambleas del Poder Popular". El poder del Estado está subordinado a esta autoridad. En el Capítulo 9, Artículo 68, inciso b) se corrobora explícitamente este postulado: "las masas populares controlan la actividad de los órganos estatales, de los diputados, de los delegados y de los funcionarios"; y se reconoce la autoridad popular para ejercer sus mandatos en el inciso c): "los elegidos tienen el deber de rendir cuenta de su actuación y pueden ser revocados de sus cargos en cualquier momento" (el subrayado es mío). Por si esto fuera poco, el Capítulo X afirma en su Artículo 69 que: "La Asamblea Nacional del Poder Popular es el órgano supremo del poder del Estado. Representa y expresa la voluntad soberana de todo el pueblo", y el artículo 70 la reconoce como "el único órgano con potestad constituyente y legislativa en la República". Entre sus atribuciones (Artículo 75) se encuentran no sólo la potestad de reformar la Constitución, y "aprobar, modificar o derogar las leyes", incluyendo el recurso al plebiscito, sino que puede revocar las decisiones del Consejo de Estado (inciso ch), y tiene en sus manos el poder de elegirlo (inciso l) y también el poder de destituirlo o de fiscalizarlo (incisos o y p).

El poder constitucional de la Asamblea Nacional del Poder Popular es, por lo tanto, abrumador. El miedo a la represión proveniente del Poder Ejecutivo puede que haya frenado los impulsos de los más audaces para ejercer de facto ese poder. Pero el poder está en manos de la Asamblea Nacional y sólo nos cabe hallar un medio de fomentarlo para que pierdan el miedo y lo ejerzan. La premisa es muy sencilla: Nuestro propósito manifiesto es aplicar la Constitución y hacer hincapié en los elementos de este instrumento supremo que reconocen la soberanía popular en su manifestación legislativa a través de la Asamblea Nacional.

La Asamblea Nacional es soberana en representación del pueblo cubano y el Poder Ejecutivo dictatorial puede encarar una no elección y hasta una destitución (como en su oportunidad encaró Mussolini), en base al fracaso de su gestión y a su negativa de reconocer ese mismo elemento constitucional de soberanía popular que la Asamblea está en pleno derecho de ejercer. Este sería un traspaso del poder incruento capaz de desembocar en un verdadero proceso de Transición donde pudiesen plantearse transformaciones conducentes a un régimen democrático y de derecho dentro de las garantías mínimas que esa misma Constitución provee.

El paso siguiente sería para la Asamblea la derogación (a la que está autorizada por el Artículo 75) de las disposiciones Constitucionales que limitan los derechos humanos y las libertades fundamentales del pueblo cubano. De aquí en adelante se entraría de lleno en ese proceso de Transición para el que debemos estructurar ahora nuestros esfuerzos a fin de presentar soluciones coherentes y viables a los problemas que se le presentarían al régimen interino que guiara al país hacia una Asamblea Constituyente y hacia la normalidad.

En ese momento previsible del acontecer histórico futuro encajarían nuestras consideraciones de los puntos 5 y 6 de nuestro programa para el Taller de Transición.

El estallido del caos

Cabe la posibilidad de que este escenario (10) no se produzca y que en su lugar ocurra alguno de los otros modelos indeseables, tales como el sino-soviético (1), el argelino (2), el rumano (8) o el haitiano (11). Sin embargo, todos ellos, más tarde o más temprano desembocarían en el caos o, por lo menos, en una desestabilización tal que el nuevo gobierno llegaría a una situación insostenible. En cualquiera de estos casos se impone la necesidad de concentrar nuestros empeños tanto en seguir fortaleciendo la sociedad civil y la oposición, como en fomentar el poder nominal de la Asamblea Nacional para que asuma la autoridad de su mandato, conscientes de que ambas fuerzas serían factores poderosos de cambio mediante el debilitamiento resultante de la autoridad dictatorial.

Es previsible, además, que un golpe de mano de la Asamblea Nacional no desembocara de inmediato en un proceso de Transición, sino en un gobierno autoritario que condujera por los carriles del modelo 6 (chileno) -o su variante nicaragüense-, o del modelo 7 (polaco). En ambos casos, el fortalecimiento de la oposición y de la sociedad civil garantizarían la transición a la democracia y al estado de derecho más temprano que tarde. Otra vez, el papel de una Asamblea Nacional fortalecida y evolucionando hacia una estructura legislativa pluripartidista, daría mayor garantía al éxito de tal proceso. De lo contrario, el resultado de estos acontecimientos sería de nuevo el caos, ya bien al nivel haitiano o, quizás, al nivel del modelo rumano (8) donde la violencia no ha llevado a la democracia sino a nuevas formas de dominación y corrupción.


Conclusiones

Todos los planteamientos que hagamos para el proceso de Transición deberán formularse de conformidad con estos escenarios probables. Iniciativas como el Proyecto Varela tienden a apuntalar el papel de la Asamblea Nacional y de la soberanía popular como factores detonantes del estallido de cambio que esperamos. Cuanto más logremos impulsar iniciativas como esta, mayor será la probabilidad de que el escenario donde se monte la Transición en Cuba evite la senda de la violencia y propicie la concordia nacional en soluciones concertadas.

En todos estos planteamientos estamos en la obligación de dar prioridad a los elementos que propicien el reconocimiento de los derechos humanos y las libertades fundamentales de los cubanos. Es indispensable para cualquier negociación el reconocimiento de dos principios fundamentales que emanan de los instrumentos internacionales suscritos por Cuba que postulan como obligatorios estos derechos y libertades. Se trata de la libertad de asociación y del derecho a la libre expresión. Hay que concentrarse en cualquier negociación, empeño o esfuerzo que emprendamos en el pleno reconocimiento de ambos. Lo demás vendrá por sí solo.:

Gerardo E. Martínez-Solanas

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