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El origen de la discordia
Las tres revoluciones más trascendentales de la humanidad son producto de la
era contemporánea. La Revolución norteamericana de 1776, la Revolución
Francesa de 1789 y la Revolución Bolchevique de 1917 responden a la evolución
histórica del pensamiento político que llega a la conclusión de que el
conjunto de los ciudadanos es soberano por derecho propio e inalienable. Se
plantea, por primera vez desde la Grecia clásica, la tesis de que los pueblos
en su carácter soberano tienen la capacidad de gobernarse a sí mismos. Sólo
que para los griegos la condición de ciudadano era sumamente
exclusivista. No así en nuestros tiempos. Empero, el mecanismo para ese
gobierno del pueblo, denominado democracia al estilo griego, ha
desembocado mediante estas síntesis revolucionarias en posiciones notablemente
divergentes no sólo sobre la manera de aplicarlo sino también sobre los
fundamentos y principios de la idea democrática.
Así vemos, por ejemplo, que el énfasis de la Revolución Norteamericana se
centra en las libertades, en cuya defensa justifica resultados
deplorables en términos de justicia social, porque si bien apunta a un sistema
que fomente las Aoportunidades
individuales@ para alcanzar una
calidad de vida que le proporcione felicidad y bienestar al individuo, no hace
énfasis en la responsabilidad del Estado de intervenir con el propósito de
mantener un mayor equilibrio social y económico. Casi simultáneamente, la
francesa enfoca primordialmente el concepto de equidad, aun a costa de la
libertad personal. De este concepto, proclamado por la Revolución Francesa,
deriva la ideología socialista en sus diversas manifestaciones, incluido el comunismo.
Esta divergencia observada en las revoluciones del siglo XVIII se acentúa en
la síntesis del pensamiento económico de Marx y los planteamientos políticos
del socialismo en general durante la segunda mitad del siglo XIX. Es la
infusión del leninismo, transformado por evolución natural en el
estalinismo y el totalitarismo, lo que determina la edificación de un sistema
de gobierno centralizado y dictatorial, más conocido en nuestros días como comunismo.
Empero, la idea que da origen al comunismo no es denostable en sí puesto que
plantea la democracia popular como respuesta a las deficiencias de las
democracias representativas que habían evolucionado en el último siglo y trata
de enfocar el concepto democrático en la premisa de constituir un genuino
gobierno del pueblo como meta ulterior de una dictadura del proletariado.
El Manifiesto Comunista, redactado por Carlos Marx y Federico Engels
en 1848, señala que se accede al poder mediante una lucha de clases. Y que el
elemento fundamental de poder en la sociedad es el control de los medios de
producción, que, eventualmente, en la síntesis comunista del triunfo total del
proletariado sobre la burguesía, serían controlados exclusivamente por los
trabajadores. Pero antes de alcanzar esa síntesis ideal o utópica, la
interpretación leninista del marxismo derivó en un proyecto por el cual el
Estado, es decir, la élite gobernante, debe intervenir agresivamente en la
lucha por el poder para acaparar en forma absoluta todos sus mecanismos. ANo
son socialistas quienes esperan que el socialismo se logrará sin una
revolución socialista ni la implantación de la dictadura del proletariado. La
dictadura es el poder del Estado basado directamente en la violencia; y en este
siglo veinte la violencia no significa un puño cerrado ni un garrote, sino las
tropas@
[1], afirma Lenin con férrea determinación.
La justificación a tal régimen totalitario Bcon
el eufemismo de Adictadura del
proletariado@B se daba por la
necesidad de ejercer un poder absoluto a fin de aplastar las fuerzas de la
burguesía y el capitalismo hasta que no quedase traza alguna de ellas. Lenin no
se anda con miramientos, y añade rotundamente que:
A La dictadura consiste en gobernar directamente y sin
restricciones jurídicas.
La dictadura revolucionaria del proletariado consiste en el poder
alcanzado y mantenido por el proletariado mediante la violencia aplicada
contra la burguesía; es un poder ejercido sin la restricción de ley alguna.@
[2]
La teoría, que en sus orígenes surge de la propia Revolución Francesa, se
basa en que el pueblo es soberano y, como tal, todas las leyes, y los principios
jurídicos y filosóficos de los cuales éstas derivan, dependen de las
decisiones irrestrictas de los ciudadanos en ejercicio de su soberanía popular.
Pero la teoría marxista-leninista nos habla de un sector amorfo de los
ciudadanos -el proletariado- sin preocuparse en definir su poder real y
los parámetros de su aplicación ni en considerar los derechos inalienables de
otros sectores no proletarios. La realidad pragmática desemboca así en una
dictadura sustentada por las tropas que ejerce de facto la élite gobernante
mediante métodos de represión y con el paliativo de la promesa de que ese
régimen político tiene un carácter provisional en virtud del concepto
dialéctico. Por lo tanto, de conformidad con el proyecto comunista del
marxismo-leninismo, no sería posible hasta el momento de alcanzar la sociedad
utópica que esa élite gobernante renunciara al poder absoluto que detentaba y
lo cediera buenamente a las fuerzas proletarias o, en otras palabras, renunciara
a él en favor del pueblo.
La realidad histórica del siglo XX fue bien distinta, como lo atestigua el
propio Mikhail Gorbachev en sus AMemorias@[3].
Esa promesa no habría de cristalizar nunca, sino que se transformaría en una
pugna constante por el poder. Y el poder en un sistema totalitario es con
frecuencia sinónimo de supervivencia. Una testigo presencial de esta realidad,
Agnes Heller, resume así esta pugna:
A La necesidad de poder se convierte en la necesidad número uno,
porque el resto de las necesidades se satisfacen en proporción directa a la
posición de poder ejercida dentro de un universo político enteramente
monolítico. Los pocos objetos de satisfacción restantes son asignados,
exclusivamente, por los detentadores del poder central; más aún, son ellos
quienes determinan las necesidades de la gente (los grupos sociales); el
único criterio para tal determinación (cuantitativa) es la cantidad de
objetos de satisfacción que están dispuestos a distribuir entre los
distintos grupos. He denominado a ese sistema de asignación de necesidades Adictadura
sobre las necesidades@.
Ciertamente, la determinación de necesidades y la distribución de su
satisfacción por una autoridad monolítica es una dictadura en su grado
sumo; y lo es, en particular, si la necesidad de preservar la integridad
corporal y la simple libertad personal también son distribuidas de
forma centralizada ...
[Es decir, que su preservación depende del acatamiento incondicional de las
decisiones de la autoridad suprema.]
No hay que olvidar que en este caso las necesidades ... son distribuidas
... de acuerdo con la posición adquirida por la persona en la jerarquía
social (en este caso la del Partido), esto es, que la distribución de las
necesidades es controlada [inapelablemente] por el Partido@[4]
En este hemisferio, un grupo de disidentes cubanos logró burlar la
represión de su régimen para publicar el 27 de junio de 1997 un documento
titulado ALa Patria es de Todos@
en el que se recoge la queja por la falta de libertades y se plantea una
apertura a la concordia y la democracia. Refiriéndose a la Convocatoria hecha
pública por el régimen al V Congreso del Partido Comunista, que había de
realizarse en octubre de ese mismo año, señalan:
A Dice ese documento que el Partido demanda de cada uno de sus
integrantes pensar con su propia cabeza y expresarse libremente en el seno
de las organizaciones partidistas. Entonces son sólo 770,000 personas las
que cuentan con licencia para pensar y hablar, pero el resto del pueblo, de
los sin partido, de los que constituyen la mayoría de la población, no
tienen posibilidad de expresarse libremente ... También dice que el Partido
no postula, ni reelige, ni revoca. Está claro que no tiene necesidad de
hacerlo. Para eso están las organizaciones de masa, cuya dirigencia en
pleno milita en el Partido ... Lo novedoso sería que permitieran a la
oposición que formara parte del propio proceso electoral, contando con sus
propios partidos y con la posibilidad de postular a sus candidatos y hacer
campañas políticas ...@
Y más adelante, entre otras cosas, llegan a la conclusión de que:
A El Estado no está al servicio del ciudadano. Ni siquiera existe
entre aquel y este una relación igualitaria de derechos y obligaciones
recíprocas, sino que, por el contrario, el ciudadano está al servicio del
Estado@.[5]
En todo esto se pone de manifiesto que, para quienes lo han vivido y han
sufrido la experiencia aplastante del abuso del poder, la lucha por la
supervivencia como ciudadanos de un país oprimido se concreta a satisfacer
necesidades básicas y a enfrentarse a una realidad en la que su gestión
individual en la vida cotidiana de la nación es nula.
La concordia como solución
José Martí prevé los graves peligros del totalitarismo en esa lucha que ya
se planteaba en el siglo XIX para su futuro inmediato, cuando afirma que:
A Dos peligros tiene la idea socialista, como tantas otras: el de
las lecturas extranjerizas, confusas e incompletas, y el de la soberbia y la
rabia disimulada de los ambiciosos, que para ir levantándose en el mundo
empiezan por fingirse, para tener hombros en que alzarse, frenéticos
defensores de los desamparados.@[6]
El Apóstol de la independencia cubana, con su proverbial aversión a las
dictaduras y la tiranía, insiste en esta advertencia en otras partes de su obra.
Aclara también para la posteridad su concepto de libertad cuando nos dice que
no se trata de A...aquella libertad
que es entendida por el predominio violento de la clase pobre vencida sobre la
clase rica un tiempo vencedora Bque ya
se sabe ésa es nueva y temible tiraníaB
... sino aquella libertad en las costumbres y las leyes, que de la competencia y
equilibrio de derechos vive, que trae de suyo el respeto general como garantía
mutua@.[7]
No por ello es ajeno Martí a las realidades de la lucha por el poder en la
república y la democracia, y la concibe como una pugna donde:
A Un pueblo está hecho de hombres que resisten y hombres que
empujan: del acomodo, que acapara, y de la justicia, que se rebela; de la
soberbia, que sujeta y deprime, y del decoro, que no priva al soberbio de su
puesto, ni cede el suyo; de los derechos y opiniones de sus hijos todos
está hecho un pueblo, y no de los derechos y opiniones de una clase sola de
sus hijos.@[8]
Concepto éste que plasma magistralmente cuando establece su precepto de Aque
la ley primera de nuestra república sea el culto de los cubanos a la dignidad
plena del hombre@, e insiste en
afirmar que Asi la república no
abre los brazos a todos y adelanta con todos, muere la república@[9].
José Martí no sólo fue apóstol de la independencia de Cuba sino que nos
legó a todos un amplio concepto de la Aconcordia@,
cuyo mensaje no se limita a un país sino que es universal.
La democracia es un concepto universal que sólo puede prosperar en un
ambiente de concordia que promueva espacios de consenso nacional en el proceso
de gobernar y administrar una nación.
La concordia en el ejercicio del poder
La concordia como elemento de política antecede a Martí por muchos
siglos. Como elemento humano tiene sus raíces en el cristianismo. Como
necesidad social ya forma parte del pensamiento de Aristóteles. Es asombrosa la
claridad con que lo plantea este filósofo en los albores de la historia, cuando
en su AEtica a Nicómano@
nos enseña que la concordia política no consiste en que los ciudadanos opinen
lo mismo sobre alguna cosa, y añade que Ade
concordia política sólo puede hablarse cuando los ciudadanos coinciden en lo
que atañe al Estado, cuando persiguen respecto a él los mismos fines@.
Es decir, que depende de la comunidad de propósitos y no de la obligatoria
coincidencia de ideas u opiniones. Es sumamente claro también cuando llega a la
conclusión de que Ala concordia
implica, pues, una creencia firme y común sobre quién debe mandar@.
Ortega y Gasset interpreta en nuestro siglo la posición de Aristóteles con
este profundo razonamiento:
A La concordia sustantiva, cimiento último de toda sociedad
estable, presupone que en la colectividad hay una creencia firme y común,
incuestionable y prácticamente incuestionada, sobre quien debe mandar ...
Porque, si no la hay, es ilusorio esperar que la sociedad se estabilice.@[10]
En otras palabras, que si bien es necesario delegar el mando no puede haber
estabilidad bajo un régimen dictatorial o totalitario donde predomina la
violencia y no la concordia.
Se acostumbra hacer referencia también a los brillantes análisis sobre la Aconcordia@
que nos brindan Cicerón y Antifón pero tenemos la tendencia en tales estudios
a no abundar en el aspecto de la Adiscordia@,
que fue igualmente importante para los filósofos de la antigüedad y verdadero
elemento disociador en el acontecer político de los pueblos. Vamos a hacerlo
ahora.
Las divergencias de opinión son tan numerosas como individuos hay en una
sociedad. Las luchas que provocan estas divergencias pueden ser muy cruentas
cuando la discordia afecta íntimamente la solidaridad del edificio social. Me
refiero a esa solidaridad que encontramos en la historia de Roma cuando tanto un
ciudadano de la plebe como un patricio se sentían igualmente
orgullosos de ser ciudadanos romanos y aportaban su consenso al engrandecimiento
de ésta. En un ambiente de discordia la sociedad deja de serlo, sencillamente
se disocia, se fragmenta, se polariza, hasta convertirse en dos sociedades
superpuestas dentro del ámbito de la nación. Empero, es imposible la
existencia de dos sociedades en un mismo espacio social, son simples conatos que
no pueden estructurarse plenamente y que conducen a su mutua aniquilación.
En consecuencia, la concordia se alcanza en un ámbito democrático y
la discordia es el producto de la violencia y la tiranía. En un régimen
democrático donde impere la concordia la sociedad protege a todos los
ciudadanos y cada uno de ellos acata con su obediencia la voluntad del grupo
social. La comunidad procede así a custodiar los derechos de cada miembro
individual; y cada ciudadano, a cambio de esa misma protección, se somete a las
leyes de la comunidad y delega el mando, ya que sin ese acatamiento de todos
sería imposible que la protección pudiera extenderse a cada uno.
Muchos pensadores Bincluyendo a
Ortega y GassetB critican el énfasis,
que ellos califican de Aexcesivo@,
que ponen estos argumentos en un estricto equilibrio de poderes y lo clasifican
como una preocupación exagerada del liberalismo. Para Franz Neumann, el
liberalismo conduce a una actitud de desconfianza que promueve la creación de
verdaderas barreras de contención en torno al Apoder
político@[11].
Esto, naturalmente, emplaza obstáculos a la gestión de gobierno. No obstante,
su propósito es para él muy loable porque apunta a la disolución del poder
en un mecanismo de interrelaciones jurídicas, a la erradicación del gobierno
unipersonal, monopartidista o carismático, y al imperio del derecho, por medio
del cual las relaciones humanas son racionales y, por ende, predecibles y
estables.
Autoridad y fuerza en el ejercicio del poder
Dentro de todas estas consideraciones, no podemos perder de vista que el
elemento principal del poder es la autoridad, y que esta no puede
ejercerse sin una capacidad coactiva o de fuerza. La cuestión consiste
en no confundir la fuerza con la violencia y en reconocer que la concordia
convierte a la fuerza que requiere el poder en un elemento simbólico, aunque
muy necesario. Necesario, porque ninguna sociedad se convierte en panacea ni
desemboca en la utopía. Habrá siempre crimen, corrupción, abuso,
irresponsabilidad y desgobierno.
Por lo tanto, si al mecanismo tradicional de separación de poderes se le
aplica un elemento efectivo de participación activa del ciudadano común, se
establece un aparato en el cual toda gestión de gobierno ha de rendir cuentas a
alguien y ha de responder en forma responsable a los requerimientos de la
sociedad en que se desenvuelve. La lucha por el poder continúa dentro de estos
parámetros; eso es inevitable. Ningún mecanismo es suficiente para cercenar
las ambiciones desmedidas; pero sí para controlarlas eficazmente y reducirlas a
un mínimo común denominador en un ambiente cívico que las encauce a
resultados positivos y edificantes.
Pero, por lo mismo que esta lucha continúa, es preciso que los sectores de poder
en el gobierno establecido y la base de la ciudadanía que le da razón de ser a
ese mismo poder, actúen de consuno en pos del engrandecimiento de la
nación en un ambiente de concordia. Y la concordia no es posible
sin la ley, el orden, la equidad, la justicia y la autoridad. Es el respeto a
todos estos elementos lo que alimenta la concordia en cualquier sociedad
y produce los elementos de consenso que faciliten una gobernabilidad eficaz..
Con ese propósito, no contemplo en este ensayo, como lo hace el pensamiento
liberal, un sistema que ponga obstáculos al poder ejecutivo para impedir
la dictadura o la tiranía. Se trata de ver las cosas de otro modo. Se trata de
establecer el poder al nivel del ciudadano y de proyectarlo dentro del
aparato del Estado para que su gobierno desarrolle una tarea administrativa y no
de mando como función del ejecutivo[12].
Una función de responsabilidad burocrática y no de fuerza, porque la
fuerza y el mando deben estar en manos de la ciudadanía en pleno.
Dentro de ese concepto entran en juego los elementos físicos de fuerza
en una sociedad: las fuerzas armadas y las fuerzas de mantenimiento del orden.
En ese sentido -aunque no en su aplicación- estaba Lenin bien encaminado,
porque todas las demás manifestaciones de la sociedad, a nivel político y
social, no pasan de ser grupos de presión con una influencia mayor o menor
según sea su número, su organización y su capacidad. Estos grupos, según
esté organizada la sociedad civil, sólo pueden ejercer autoridad y mantenerla
frente a los elementos delictivos, antisociales o putschistas (del alemán Aputsch@),
si cuentan con el respaldo de esas instituciones armadas que tienen la fuerza
para defender a la sociedad a cuyo servicio están. El problema consiste en
establecer un equilibrio de poder que impida que las instituciones castrenses y
policiales se transformen en instrumento de sometimiento de esa misma sociedad a
la que deben servir.
Siendo así, cabe preguntarse por qué ambas instituciones Blas
fuerzas armadas y la policíaB han de
estar bajo la égida del poder ejecutivo. Por qué las fuerzas de
mantenimiento del orden, por ejemplo, no han de responder mejor al poder
judicial que es el que interpreta las leyes y, por lo tanto, el que debe
contar con la capacidad -la fuerza- para aplicarlas.
Con esto no hago más que introducir la propuesta concreta de tener una policía
judicial nacional al servicio de los tribunales del país y un organismo
nacional de investigaciones que complemente la función policial y responda
también al poder judicial en la aplicación de sus decisiones. Las otras
funciones del orden público podrían limitarse así a fuerzas locales
autónomas al servicio de sus respectivos municipios o comunidades en estrecho
vínculo con la población y sus instituciones cívicas.
En cuanto a las fuerzas armadas, conviene preguntarse también por qué la
ciudadanía en pleno ha de ver que quienes están destinadas a protegerla de la
agresión y el pillaje, se conviertan en instrumento de tiranía -y por lo tanto
de agresión y pillaje- en manos del gobernante de turno, en lugar de verlas
colocadas al servicio del pueblo que, en un proceso legislativo de Asambleas
populares, delegue el mando únicamente cuando las circunstancias lo precisen.
En resumen, que el equilibrio de poderes para hacerse realidad tiene
que empezar por aquí, por donde está la fuerza.
Todo país debe contemplar el ejemplo que nos ofrece Costa Rica y su
alternativa pacifista. También es deseable estudiar los casos de Andorra,
Liechtenstein o Mónaco, entre otros. Pequeños y más ricos que sus vecinos,
subsisten en la comunidad internacional moderna sin necesidad de fuerzas
armadas. Confían en el derecho internacional y dependen de él. Pero hay que
hacerlo plenamente conscientes de que esto no es posible en todas las
situaciones. Aun los países más pacíficos han visto que se les impone el
recurso de la guerra por circunstancias foráneas. Ejemplos fehacientes de ello
fueron los de Noruega y Finlandia durante la Segunda Guerra Mundial, y los de
Camboya, el Líbano y el Tíbet en el período posterior. Sufrieron las
consecuencias trágicas de su incapacidad de defenderse.
Por otra parte, Suiza nos enseña lo que significa una paz armada. Suiza
cuenta con un ejército de ciudadanos que fue respetado hasta por el mismo
Hitler. Es una milicia moderna, muy bien adiestrada y aguerrida que asume la
tremenda responsabilidad de guardar sus armas ligeras en casa sin que por ello
aumenten el crimen y la delincuencia. Pero este es un caso único de civilidad
extrema que no sería aplicable en cualquier parte.
Por consiguiente, hay que buscar una síntesis que concilie los pros y los
contras del manejo del poder mediante la fuerza. Podría
concebirse que un país que adoptase un sistema de democracia participativa,
considerara también la necesidad del equilibrio de fuerzas como
parangón del equilibrio de poderes y como gestor de una sociedad
pacífica derivada de la estabilidad interna.
Como conclusión, sólo quiero recalcar que la lucha por el poder
toma un aspecto más dignificado, decoroso y civilista en un ambiente de
democracia participativa, donde las decisiones públicas de gobierno se toman
con la participación activa del ciudadano y son, por lo tanto, responsabilidad
de todos en el esfuerzo de llegar al consenso o a la decisión mayoritaria en un
clima de concordia. Que la lucha por el poder no cesa sino que se
convierte en el enfrentamiento de las ideas y la síntesis de la razón en la
acción comunitaria. Y que el ejercicio del poder adquiere así un carácter de
servicio y se transforma en una función administrativa.[13]
La lucha por el poder en la democracia participativa rechaza la
violencia y se libra en el plano institucional. En la participación está el
medio para defender los intereses individuales en un contexto de comunidad y en
su elemento dinámico está la fuerza que disipe la amenaza de los
tiranos siempre en acecho. Los enfrentamientos se resuelven con el debate, la
aplicación de la ley, la transacción, la tolerancia y la razón. La sociedad
resultante es así la obra de todos.
Este consenso de propósitos gestado a nivel nacional podría extenderse como
epidemia de paz a todas las naciones. La paz internacional sería posible porque
nunca los pueblos quieren la guerra sino que son sus caudillos quienes los
conducen a ella. La democracia participativa tenderá puentes de tolerancia
entre pueblos y etnias y estrechará lazos de comprensión entre culturas e
ideologías. Reinará la concordia para abrir las puertas del progreso
universal.
Gerardo E. Martínez-Solanas
___________
.ASelected
Works@,
V.I. Lenin. Foreign Languages Publishing House, Lawrence & Wishart,
London, 1960; Vol. 25,
pág. 492.
.
Ibid., Vol. 28, pág.
236.
.
@Erinnerungen@,
Mikhail Gorbachev. Siedler,
Berlín, 1995.
Se
le achaca al ex Premier soviético el derrumbe de ese sistema por haber tratado
de desmantelar el sistema comunista represivo.
Empero, la realidad es muy otra. Gorbachev
nunca renunció a la ideología básica del marxismo y el socialismo, aunque sí
al leninismo. Intentó
sencillamente realizar con un proceso de apertura el proyecto básico de tal
ideología, es decir, alcanzar el objetivo primordial de la intervención
popular en las decisiones públicas. Intentó renunciar al totalitarismo para implantar una
verdadera Adictadura
del proletariado@.
.
@Una
revisión de la teoría de las necesidades@,
Agnes Heller. Editorial Paidós, Buenos Aires, 1997.
Heller
nació en Hungría en 1929 y fue alumna destacada de György Lukács. Su
creciente actitud crítica al sistema soviético Bimplantado
en su país al concluir la II Guerra MundialB
la lleva al exilio cuando llega a la conclusión de que las sociedades de tipo
soviético no son reformables y que sus características estructurales son Amonumentales
callejones sin salida@.
Expresó también que Alas
sociedades soviéticas representan, junto con la Alemania nazi, el peor
desarrollo posible del mundo moderno@.
.
ALa
Patria es de Todos@
es un documento publicado clandestinamente en La Habana por el Grupo de
Trabajo de la Disidencia Interna, que abarca diversas organizaciones
opositoras en Cuba. Fue firmado por cuatro dirigentes que fueron detenidos
posteriormente y encarcelados sin recurso de habeas corpus ni instrucción de
cargos durante más de año y medio, hasta que fueron condenados a prisión en
un juicio sumario en 1998. La
Patria es de Todos ha tenida una amplia difusión en los medios de prensa
internacional.
.
AObras
Completas@,
José Martí. Editorial
Nacional de Cuba, La Habana, 1963-1973; Vol.
III, pág. 168.
.
Ibid., Vol. VIII, pág. 381.
.
Ibid., Vol. III, pág. 304.
.
Ibid., Vol. IV, pág. 270;
y, Vol. VI, pág. 20.
.
AObras
Completas@,
José Ortega y Gasset. Revista
de Occidente, Madrid, 1964; Vol. VI, pág.
61.
.
AApproaches
to the Study of Political Power@,
Franz Neumann. Political
Science Quarterly, Vol. LXV, N12
(Junio de 1950), p.161-171.
.
Este es un resumen muy abstracto de la propuesta que desarrollo en AGobierno
del Pueblo: Opción para un Nuevo Siglo@,
publicado por Ediciones Universal, Miami, 1998.
.
Véase un amplio bosquejo esquemático del poder ejecutivo en función
administrativa y el poder legislativo en función participativa y soberana en AGobierno
del Pueblo: Opción para un Nuevo Siglo@,
Gerardo E. Martínez-Solanas. Ediciones
Universal, Miami, 1998; Capítulos V y VII.
[Tomado
de http://www.uaca.ac.cr/acta/2000may/gmartnez.htm]
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