por Carlos Mira
Los gobernantes que utilizan la excusa de haber accedido al poder
mediante el voto de las mayorías para violar los derechos de las
minorías traicionan el verdadero espíritu de la democracia y de los
principios republicanos.
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Claudio
Fantini, el inteligente analista internacional de la Argentina, inventó
un término magistral para referirse a regímenes como el de Hugo Chávez
que, bajo el argumento de haber sido elegidos por una mayoría
determinada en elecciones no impugnadas, avasallan los derechos de los
que no piensan como ellos en su camino hacia el silencio total.
El
"mayoritarismo" engaña a propios y extraños machacando sobre la idea de
su elección "libre", haciéndoles creer que por ello han sido envestidos
con el poder de desconocer todo lo que no sea igual a su pensamiento:
"nos han votado a nosotros, así que lo que decimos es la verdad
revelada, lo demás deben recluirse en el silencio o morir". No hay
alternativas: ellos son la patria, la razón, la verdad y la única voz;
los demás son el enemigo, no de ellos, sino de la patria.
El
"mayoritarismo" o la "mayoricracia" distan mucho, obviamente, de tener
algún parentesco con la democracia. Ésta, además de ser un sistema de
gobierno por el cual una mayoría circunstancial asume la
responsabilidad temporal de la administración, es un sistema de
derechos, un régimen de garantías y, en el fondo, un esquema de
protección a las minorías. Nada de todo esto ocurre en una
"mayoricracia".
La democracia entregó al mundo, justamente, el
valor agregado del reconocimiento de los derechos individuales y la
libertad de expresión como elementos distintivos de su esencia. Que una
mayoría ejerciera el gobierno no era, después de todo, un aporte nada
"genial" a la historia de las ideas: eso era algo esperable. Pero que,
de una vez por todas, las minorías estuvieran protegidas contra los
gobiernos despóticos, cualquiera sea su origen, ése era el verdadero
avance filosófico, la verdadera diferencia con el sojuzgamiento que el
mundo había conocido como norma hasta que la democracia apareció como
sistema de garantías y libertad.
Que la Argentina aparezca como socia y defensora del Duce
Chávez, mediando con Brasil por la defensa que hizo éste (y no
lamentablemente la Argentina) de la libertad de expresión y de prensa
en Venezuela en ocasión del cierre de Radio Caracas Televisión (RCTV),
es francamente lamentable para el país. Que un personaje de segunda
categoría como el camarada Eduardo Sigal, miembro del Partido Comunista
Argentino e inexplicablemente secretario de Integración Económica de la
Cancillería, salga a justificar y defender el cierre de una emisora
opositora en Venezuela bajo el manoseado argumento de no inmiscuirse en
los asuntos internos de otro estado constituye una vergüenza para la
Argentina, que no tiene lo que hay que tener para condenar lo que hay
que condenar.
El MERCOSUR es una unión económica, pero también
una asociación de valores políticos. De hecho, el Tratado de Asunción
impide que un estado no democrático sea miembro del bloque. Que el Duce
de Caracas blandee un argumento "democrático" para decir que su
gobierno fue elegido por una mayoría de votantes, no lo inviste del
derecho a desconocer las libertades y garantías de los opositores y de
las minorías, porque precisamente eso es ir en contra de la democracia.
Lo demás, lo que personajes como Chávez representan, son regímenes
"mayoritaristas" o "mayoricracias", esto es, despotismos que usan los
votos de masas clientelistas como escudo de su propio autoritarismo.
Si
bien es triste para un nación que nació al mundo defendiendo la
libertad, es entendible que un personaje como Sigal comprometa la
palabra del gobierno argentino en la defensa de un totalitario como
Chávez: después de todo, las ideas en las que cree se han basado -y se
basan- en el desconocimiento de todas las libertades individuales, en
la concentración del poder en una nomenclatura de
privilegiados burócratas y en una maquinaria preparada para silenciar,
por el medio que sea, a todo aquel que se atreva a enfrentarla. El
único misterio es cómo un país que nació como lo hizo el nuestro ha
llegado al punto de permitir que personajes como ése ocupen puestos en
el gobierno y hablen en nombre de un pueblo que consideró sagrado el
grito de libertad.
¿Cuán lejos estamos del "mayoritarismo"?
¿Qué diferencia tenemos con Chávez y con su bolivarismo socialista?
Desde el punto de vista de la consideración de una mayoría
circunstancial como sinónimo del pueblo todo, no tenemos ninguna
diferencia. Cuando esa mayoría nos resulta adversa la tildamos de
fascista y de no-pensante, como lo hicieron el oráculo filosófico (¿?)
del kirchnerismo, José Pablo Feinmann, y Daniel Filmus después de las
elecciones porteñas. ¿Significa Cristina Kirchner algo distinto
respecto de estas pantomimas de la democracia? No pareciera serlo, a
juzgar por el cambio copernicano que experimentó desde que encarnaba la
oposición a Carlos Menem y a Fernando De la Rúa hasta ahora,
especialmente en lo que se refiere a la supresión de los controles del
gobierno por las minorías parlamentarias, la independencia de la
justicia y el respeto a la división de poderes.
Es la sociedad
argentina la que debería tomar urgente cuenta acerca de cómo es
utilizada como carne de cañón para legitimar con su número (porque por
respeto a la verdadera democracia ni siquiera se puede hablar de voto)
regímenes que desconocen los derechos y ponen la libertad en serio
riesgo. Su participación no respalda la llegada de personas que
profesan ideologías totalitarias a las cercanías del Estado y, sin
embargo, allí están opinando en nuestro nombre y respaldando distintos
fascismos alrededor del mundo. Es la sociedad la que debe exigir
terminar con el "mayoritarismo" y pedir que se instale, sin más
trámite, un verdadero gobierno democrático dispuesto a respetar los
principios fundacionales de la República. © www.economiaparatodos.com.ar